Lesión del LCA: fisioterapia antes y después de la operación
La rotura del LCA (ligamento cruzado anterior) es una de las lesiones de rodilla más frecuentes, especialmente en personas que practican deportes como fútbol, baloncesto, pádel o esquí. No obstante, también puede aparecer en población no deportista tras un mal giro, una caída o un cambio brusco de dirección.
Recibir este diagnóstico suele generar muchas dudas: si será necesaria la operación, cuánto tiempo llevará la recuperación o si será posible volver a hacer deporte con normalidad. En este contexto, la fisioterapia del LCA cumple un papel clave tanto en el tratamiento conservador como en el proceso pre y postoperatorio, con el objetivo de recuperar estabilidad, función y confianza en la rodilla.
Qué es el ligamento cruzado anterior y por qué se lesiona
El ligamento cruzado anterior se localiza en el interior de la rodilla y es uno de los principales responsables de su estabilidad, especialmente en movimientos de giro, cambios de dirección y frenadas. Cuando se produce una rotura del LCA, la articulación puede volverse inestable, con sensación de “fallo” o desplazamiento hacia delante.
En muchos casos, la lesión se produce sin contacto directo, durante un gesto de pivote o un aterrizaje mal controlado. Es habitual que el paciente refiera un chasquido, dolor intenso e inflamación rápida. La gravedad de los síntomas y el impacto funcional varían según el tipo de rotura y las lesiones asociadas, como menisco o cartílago.
Fisioterapia en la rotura del LCA sin cirugía (tratamiento conservador)
No todas las roturas del LCA requieren intervención quirúrgica. En personas con menor demanda deportiva o sin inestabilidad significativa, puede optarse por un enfoque conservador. En estos casos, la fisioterapia del LCA se convierte en el eje central del tratamiento.
Fase 1: control del dolor, inflamación y movilidad
En las primeras semanas, el objetivo es reducir la inflamación, aliviar el dolor y recuperar progresivamente la movilidad de la rodilla. Se trabaja con terapia manual, ejercicios suaves y activación del cuádriceps, que suele inhibirse tras la lesión.
Recuperar la extensión completa de la rodilla desde fases tempranas es un factor determinante para una buena evolución funcional.
Fase 2: fortalecimiento y estabilidad articular
Una vez controlados los síntomas iniciales, el tratamiento se orienta al fortalecimiento progresivo. No solo se trabaja el cuádriceps, sino también isquiotibiales, glúteos y musculatura de la cadera, ya que el control proximal influye directamente en la estabilidad de la rodilla.
En esta fase se incorporan ejercicios de propiocepción y control neuromuscular para compensar la pérdida de función del ligamento.
Fase 3: readaptación funcional y retorno a la actividad
Cuando el objetivo del paciente es retomar actividades físicas más exigentes, la rehabilitación incluye ejercicios específicos de cambios de dirección, saltos controlados y progresión de cargas. En muchos casos, un programa bien estructurado de fisioterapia permite llevar una vida activa sin cirugía. Si persiste la inestabilidad o se repiten episodios de fallo articular, se valora la opción quirúrgica.

Fisioterapia en la rotura del LCA con cirugía
Cuando se opta por la reconstrucción quirúrgica, la fisioterapia no comienza después de la operación, sino antes.
Fase preoperatoria: preparar la rodilla para la cirugía
La llamada “prehabilitación” mejora de forma significativa los resultados posteriores. Llegar a quirófano con buena movilidad, mínima inflamación y musculatura activa facilita la recuperación.
En esta etapa se trabaja la movilidad completa, la activación del cuádriceps y el control neuromuscular, además de preparar al paciente a nivel informativo y psicológico para el proceso que viene después.
Fase postoperatoria: recuperación progresiva tras reconstrucción del LCA
El proceso de recuperación tras una cirugía de LCA suele extenderse entre 6 y 9 meses, adaptándose siempre a la evolución individual.
Primeras semanas: El foco está en proteger el injerto, controlar el dolor, recuperar la extensión completa y activar de forma temprana la musculatura para evitar atrofia.
Recuperación de fuerza y movilidad: Se incrementa progresivamente la carga de trabajo, respetando los tiempos biológicos del injerto. El fortalecimiento del cuádriceps es prioritario, junto con glúteos, core e isquiotibiales.
Entrenamiento neuromuscular y control dinámico: Se introducen ejercicios más complejos, como saltos y cambios de dirección progresivos, adaptados al perfil del paciente. En esta fase es habitual trabajar también la confianza en la rodilla y el control del miedo al movimiento, además del tratamiento de la cicatriz para evitar adherencias.
Vuelta al deporte: El retorno a la actividad no depende solo del tiempo transcurrido, sino de criterios objetivos: fuerza simétrica entre ambas piernas, buen control dinámico, ausencia de dolor e inflamación y superación de pruebas funcionales. Adelantar esta fase aumenta el riesgo de recaída.
La importancia de un tratamiento individualizado
No es lo mismo el abordaje de una rotura del LCA en un deportista de competición que en una persona cuyo objetivo es caminar sin dolor o retomar actividad recreativa. Tampoco es comparable una rotura aislada con una lesión asociada de menisco o cartílago. Por ello, la fisioterapia del LCA debe adaptarse siempre al perfil, los objetivos y el punto de partida de cada paciente.
En definitiva, una lesión del ligamento cruzado anterior no implica el fin de la actividad física. Con un abordaje adecuado, ya sea conservador o quirúrgico, es posible recuperar estabilidad, fuerza y funcionalidad. La clave está en un proceso de rehabilitación estructurado, progresivo y bien acompañado, que permita volver a moverse con seguridad tanto en la vida diaria como en el deporte.



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